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ESPIRITUALIDAD

BAJAR AL ENCUENTRO DE DIOS

En un mundo en el que la realidad está en continua evolución, en el que el yo ha triunfado sobre el nosotros, y se mira más por el bien propio que por el común... en un mundo en el que el único dios omnipresente parece ser el dinero... Debemos esforzarnos por buscar a Dios con más empeño, debemos descubrir las nuevas realidades en las que Jesús se hace carne, y se deja comer, se desgasta, muere, para resucitar y convertir su mensaje de nuevo en un mensaje de esperanza.
Pero esto no resulta ser nada fácil, ya que para ello, tenemos que cambiar nuestra imagen de Dios, ser capaces de encontrarlo en las situaciones sin salida, en las vidas fracasadas; debemos ser capaces de “bajar al encuentro de Dios” en seguimiento a Jesús, que se humilló hasta el último peldaño de la condición humana (Flp 2,6-8). Nosotros los miembros de la Familia Pasionista, estamos llamados a meditar la Pasión de Jesús, y hoy, herman@s, está Pasión se hace vida entre los nuevos crucificados de nuestra sociedad. Nos resulta fácil localizar o ubicar a Dios en la belleza, la justicia, el amor... Sin embargo, se nos hace difícil descubrir a Dios cuando se presenta como diferencia que nos desinstala, como necesitado que amenaza nuestro día a día, como violencia que nos hace temblar y nos encoge. Pero Jesús se identificó con los últimos, y debemos esforzarnos por descubrirlo a él en esos últimos (Mt 25). Incluso los seres amenazantes llevan sobre su rostro la marca puesta por Dios en el rostro de Caín para que todo el que lo vea lo respete (Gn 4,15), porque la dignidad de ser hijo de Dios nunca se pierde. Puede ser que cuando apartamos el rostro y la mirada de las personas destruidas (Is 53,3) estemos huyendo del Dios vivo que en la historia es nuestro servidor.
Día con día, la Familia Pasionista se esfuerza por acercarse a este Dios humillado entre los pilares de nuestra sociedad. Sin embargo, somos nosotros, los integrantes de la misma, los que debemos dar respuesta firme a este nuevo reto, y bajar, hundirnos, agachar nuestras miradas hacia los más pequeños, para encontrar en sus miradas, el rostro sufriente de Jesús.